Me llamo Mike Carson y soy fotógrafo. Nunca he creído en espíritus ni apariciones ni entes procedentes de otros mundos. Pero todo eso cambió cuando conocí a Anne Bucks. El caso Bucks como lo llamábamos en aquel entonces. A finales de los ochenta formaba parte de un equipo de parapsicólogos que habían contratado mis servicios para fotografiar fantasmas. Mi escepticismo era tan grande como las ganas de cobrar el generoso cheque que me pagaban cada semana. Jamás conseguí captar ninguna imagen fuera de lo común. Hasta que subí al ático de la casa de Anne Bucks.

Anne era una joven atractiva, acababa de ser madre y vivía sola. Al principio no pude evitar pensar que su llamada obedecía al sentimiento de soledad que seguro debía embargarla. Supuse que tan solo quería llamar la atención y que, finalmente, todo quedaría en agua de borrajas, como había sucedido en todos los casos en los que había participado hasta el momento. Esa noche ayudé al equipo a desplegar el arsenal de dispositivos electrónicos y cámaras que instalábamos habitualmente.

Anne no parecía muy conforme con todo aquello. Supuse que no le hacía demasiada gracia que la grabáramos porque se mostró un poco reticente a colaborar cuando Jason, el jefe del grupo, le propuso hacerle unas cuantas preguntas que ella debía contestar a cámara para documentar el caso. Sin creer una sola de las palabras que salían por la boca de la joven, pensé que lo mejor sería acelerar la visita e ir al fondo del asunto. Al parecer la mayor parte de la actividad se desarrollaba en el ático, así que me dispuse a subir allí.

De repente, antes de que mis manos tocaran siquiera la trampilla, un rumor de pasos impregnó el ambiente. Todos lo oímos. Había alguien allí arriba y no paraba de moverse de un lado a otro. Caminaba con fuerza. Apoyé la mano en el techo. Podía sentir las vibraciones que se destilaban de los pasos. Joe y Bill se acercaron con las cámaras de video en marcha. Les pedí uno de los focos, bajé la trampilla y subí al ático. Pronto descubriría al intruso y se acabaría la fiesta.

Me asomé por el hueco y me adentré en el ático. El sonido de pasos cesó de repente. Un silencio perturbador se adueñó del habitáculo. El suelo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo, pero no veía nada más. Ni objetos en cajas que pudieran crujir, ni roedores u otros pequeños animales a los que atribuirles los ruidos. Justo cuando cogí la cámara para tomar unas fotografías, el foco se apagó. Aun así, apreté el disparador unas cuantas veces hasta que noté que alguien me arrebataba la cámara con fuerza. A oscuras, en el suelo, un terror que nunca había conocido se apoderó de mí. Me arrastré hasta el hueco de la trampilla y salí de allí de inmediato.

Pasaron unos minutos. Nadie pronunció palabra. Tenía que volver a subir para recuperar la cámara. Me había costado dos mil dólares. Joe subió conmigo. Encontramos la cámara en un rincón con el objetivo desprendido. No había daños. Lo recogí todo y, una vez fuera, cerramos la trampilla. Los ruidos de pasos se iniciaron de nuevo, ahora con un estruendo atronador. Al cabo de un par de minutos, en los que nadie osó a abrir la boca, los pasos cesron. Los del equipo se miraron nerviosos. Jason decidió que ya teníamos bastante material y abandonamos la casa rápidamente.

Los ojos de Anne se cruzaron con los míos. Sentí una punzada de culpabilidad por dejar a esa joven sola con esa cosa del ático. Hice un esfuerzo por sonreir sin conseguirlo. Necesitaba sair de ahí y tomar un par de copas para templar mis nervios. Cuando abrí la puerta del coche, miré hacia la pequeña ventana del ático de la casa  y me pareció entrever un rostro viejo y arrugado que sonreía con maldad. La cara espectral del viejo, el sonido aterrador de aquellos pasos y la imagen de Anne, con su bebé en brazos, en la puerta, con una mirada mezcla de desolación, terror e incredulidad, me persiguieron el resto de la noche.

Al día siguiente, Jason nos reunió en su despacho. Las fotos que había revelado no mostraban más que oscuridad. No teníamos nada, así que esa noche volvimos a la casa. Esta vez, Joe y Bill subirian al ático con las cámaras de video. Con suerte, no encontraríamos nada y cerraríamos el caso como tantas otras veces. Sin embargo, un extraño presetimiento me embargaba y algo me decía que había algo allí arriba. Y ese algo quería a Anne, y a nosotros, fuera de la casa.

Anne nos recibió ojerosa. Parecía exhausta. Nos pusimos manos a la obra de inmediato. Cuando Joe y Bill subieron al ático todo estaba en calma. Llevaban ya unos cuantos minutos grabando cuando de repente la trampilla se cerró. Escuchamos ruidos que no llegamos a identificar. Y luego los gritos de Bill pidiendo auxilio. Intentamos abrir la trampilla, pero no cedía. El aire era denso. Los ruidos se intensificaron. Finalmente, la trampilla se abrió sin más. Bill nos instó a subir. No veía a Joe. Jason apuntó el foco por todo el habitáculo. Francamente, ninguno de nosotros estaba preparado para la horrible escena que vendría a continuación. Joe se encontraba suspendido en una de las vigas de madera, con los cables de la cámara rodeándole el cuello, la boca abierta y los ojos en blanco. Nos acercamos rápidamente para liberarle. Fue un alivio comprobar que respiraba. Ya en el suelo, Joe recuperó la conciencia y su rostro volvió a la normalidad. No recordaba nada. 

Fui a la cocina a por un vaso de agua para Joe, que descansaba aturdido en el salón. Pude fijarme en que las letras de imán que había en el refrigerador formaban la frase: Fuera de aquí. Sentí escalofríos. No creía que fuera obra de Anne. La pobre apenas había pronunciado palabra. La vi detrás de mí. Me apenó ver su extrema delgadez y su piel pálida, casi translúcida. Le dije que tal vez debería mudarse. Ella me dijo que el viejo no la quería allí. No le hablé de lo que vi en la ventana del ático ni le pregunté nada más.

Después de aquello, cambié de trabajo. No quería acabar colgado de una viga a manos de entidades paranormales, como le pasó a Joe. Así que abrí un pequeño estudio de fotografía en mi propio apartamento y colaboraba periodicamente con algunas publicaciones locales. Con el tiempo, supe que Anne y su pequeño se habían mudado. Fue un alivio saber que estaban a salvo. Ciertamente, el caso Bucks cambió mi forma de entender el mundo y de ver la vida. En ocasiones, cuando paso cerca de aquella casa me recorre un escalofríao. El cartel “se alquila” aun sigue colgado en la puerta. 

 

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