Que todos tenemos prejuicios está claro. Y yo soy la primera en reconocerlo. Ahora, cuando estos prejuicios afectan a los animales, entonces la cosa empieza a molestarme más. Sin ir más lejos, hace ya algún tiempo, me acerqué a unos grandes almacenes muy conocidos. Cuando ya llevaba un buen rato curioseando entre los mostradores y las estanterías, se me acercó uno de los guardias de seguridad y me comunicó de muy malas maneras que los perros tenían el acceso prohibido al recinto.

Asombrada por la noticia le comenté que siempre había entrado con el perro y nunca había tenido problema ni me habían dicho nada. De hecho, no había ningún tipo de cartel que indicara esa prohibición. El tipo me comentó que, efectivamente, anteriormente se podía entrar con perro pero ahora las normas habían cambiado y debía abandonar el recinto inmediatamente. De forma conciliadora le dije que había venido a hacer unas compras y ante mi desconocimiento de la nueva norma, le sugerí si sería posible continuar con mi cometido con el perro en brazos. El guardia seguía en sus trece y ante mi estupor, me acompañó a la salida como si fuera una terrorista o algo peor. En ese momento desee que una banda de ladrones se dispusieran a dar un buen golpe mientras el facineroso del guardia se entretenía sacándome del local.

Desde luego cada comercio es libre de imponer las normas que considere y yo soy libre de ir o no a ese centro. Pero no estoy de acuerdo en el mal trato recibido por parte de ese guardia en cuestión. Creo que las normas pueden informarse de forma educada y cordial sin que la persona reprendida tenga que pasar por tan desagradable situación.

Recuerdo una situación similar en otro conocido centro comercial de mi ciudad y la actuación de los guardias no solo fue educada sino absolutamente comprensiva. En esta ocasión la entrada de perros no estaba vedada pero sí que había que llevarlos en brazos o bien en un trasportín o similar. No hubo ningún problema y el trato por ambas partes fue amigable, cívico y educado.

En otra ocasión y en la misma línea que la anécdota anterior, recuerdo un memorable paseo por la playa con mi perrita. Anteriormente, durante los meses de invierno se podía pasear tranquilamente por la zona acompañado de tu perro, sin mayor problema. Desconociendo, otra vez, el nuevo cambio de normativa, que al parecer prohíbe también el acceso de los perros a esa playa, y con la tranquilidad de ver que había bastante gente paseando a sus mascotas, volví a toparme con dificultades.

Esa playa tiene una porción de arena considerable, de varias decenas de metros, que separa el paseo marítimo del mar. Me disponía a marcharme cuando me di cuenta de que un par de policías me seguían en paralelo, no le di mucha importancia y salí tranquilamente al paseo. Para mi sorpresa, uno de ellos se acercó a mí para llamarme la atención. Lo irónico de la situación fue que a la par que el guardia me explicaba las normas, bastantes personas seguían paseando a sus mascotas por la orilla, sin mayor importancia. Una vez informada de forma muy educada sobre la nueva norma, el policía tuvo la amabilidad de indicarme donde quedaba un parque cercano para mascotas. Animada por su cordialidad le pregunté dónde quedaba un restaurante al que quería ir, a lo que no tuvo reparo en llamar a otras unidades para preguntarlo. “Aquí el agente Santos, el restaurante Patricio, ¿sabéis donde queda?”

Otra actuación policial que me dejó bastante sorprendida fue la de la policía autonómica. Acababa de lavar el coche y estaba justo delante de casa, secándolo y pasando un paño por los interiores, cuando un coche patrulla paró a mi lado. Al parecer un perro se les había cruzado y lo habían seguido hasta allí. Me preguntaron si era mío, y ante mi negativa, lo cogieron y le hicieron una correa con cinta policial. El perro, un bonito y cuidado bretón blanco y marrón, estaba jadeante, así que me acerqué a darle agua y refrescarlo un poco. Le comenté al agente que creía que el propietario era del barrio porque me sonaba haberlo visto. Probablemente el animal se había perdido. Finalmente, como no tenían lector de chip, se lo llevaron a la comisaria para identificarlo y ponerse en contacto con el dueño. Antes de irse ell agente me dijo que si veía al propietario le informara dónde podría encontrar a su perro.

Por supuesto, no todos los agentes son así de amables, humanos y comprensivos. También hay algunos que aprovechan para endosar una multa tras otra a los abuelos que salen a pasear a sus mascotas, igual de mayores que ellos, sin correa, mientras que cuando aparecen jóvenes con perros de razas peligrosas, también sueltos, desaparecen misteriosamente. Una casualidad demasiado sospechosa para mi gusto.

En la misma línea encontramos a los agentes cívicos. Un nuevo invento del ayuntamiento para un mejor control del civismo, aunque con resultados igual de nulos. Puedes observarlos echando broncas a niños de cinco años por jugar a pelota. Claro que las pobres criaturas, que no molestan en absoluto, hacen caso omiso y siguen a la suya en cuanto los agentes se dan la vuelta. Eso sí, cuando hay adolescentes liándola parda o grupos de niños más mayores organizando partidos de futbol en el parque, con la consiguiente incomodidad de los demás ciudadanos que no pueden ni sentarse en un banco, entonces, siguiendo la estela de los policías locales, desaparecen repentinamente. Uno no puede dejar de preguntarse, ¿será otra casualidad? Yo no lo creo.

Eso por no hablar de los típicos comentarios sobre lo que ensucian los perros. Lo cierto es que hay mucho incívico suelto y al final pagamos justos por pecadores. Aun así, yo a estas personas que tanto critican les invitaría a que pasaran por cualquier playa este verano y vieran en qué estado de suciedad se encuentran. El contraste con las playas donde se permiten perros es considerable. En mi opinión, se necesitan mayores dosis de civismo y menos prejuicios injustos. 

 

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