Hace unas semanas me disponía a sacar entradas para ir a algún concierto de música clásica. Al no encontrar ninguno que llamara suficientemente mi atención, amplié mi radio de búsqueda hasta encontrar una ópera: La Traviata de Verdi. La localización, además, era perfecta: el Palau de la Música. No lo pensé dos veces y me apresuré a comprar las entradas.

El Palau de la Música es un edificio modernista diseñado por el arquitecto Lluis Domènech i Montaner. Hace poco hicieron una pequeña reforma del escenario, el cual se amplió, eliminándose así las tres primeras filas. No recomiendo en absoluto coger las tres o cuatro filas delanteras porque el escenario queda muy cerca y es alto, así que si no queremos limitarnos a ver los zapatos de los artistas es mejor que escojamos otra ubicación. Al sacar las entradas por la web podemos hacernos una idea de la vista que tendremos desde nuestro asiento. Mi recomendación es escoger las primeras filas de los palcos laterales. La vista es magnífica ya que queda a la misma altura del escenario y no hay nadie delante que te tape.

Interior del Palau de la Música

Finalmente, llegó el día. No vivo muy lejos del centro de Barcelona así que me pareció que salir con cuarenta y cinco minutos de antelación me daría margen suficiente para llegar a tiempo. Lo que no tuve en cuenta fue la operación salida del puente de diciembre. Craso error. Nada más salir del parking me costó horrores llegar a Gran Vía. Y allí me quedé atascada durante un buen rato. Por supuesto, también influyó el hecho de que hayan dejado tres carriles para la circulación de taxis y autobuses, con lo que en los dos carriles restantes los colapsos son habituales. El reloj corría y aun me quedaba un buen trecho hasta Plaza Urquinaona. Después de pensarlo mucho y rogando a Dios para que no hubiera ningún coche de policía cerca, me metí en el carril bus, que iba prácticamente vacío y conseguí dejar el coche aparcado cinco minutos antes de la función.

Con mis tacones de doce centímetros y mi maxi bolso balanceándose en el antebrazo, inicié mi carrera hasta el Palau. Mientras corría haciendo equilibrios y era objeto de las miradas de numerosos transeúntes, agradecí para mis adentros las clases de Isaac. Cuando mi monitor favorito del gym dice “Hoy tengo una sorpresa para vosotros”, yo ya tiemblo, porque eso significa que vamos a sudar y a sufrir mucho. Eso sí, luego todo tiene su recompensa, como pude comprobar. Está claro que sus clases de body combat, fitness condition y cardiozumba funcionan a la perfección.

Correr con tacones puede convertirse en toda una odisea

Desde luego, si alguien me hubiera dicho hace un año que sería capaz de recorrer la distancia entre Urquinaona y el Palau subida a mis tacones en menos de cuatro minutos no hubiera dado crédito. Finalmente, jadeante, con la cara arrebolada, el pelo alborotado y la chaqueta de peluche medio caída, conseguí llegar a tiempo a mi destino. Localicé las butacas del palco rápidamente y me senté. Aun me sobraban dos minutos, el tiempo justo para recobrar el aliento y serenarme un poco. Ah, ilusa de mí. Nada más sentarme, una señora de blancos cabellos y avanzada edad, perteneciente, sin duda, a las altas esferas del contubernio, me golpeó el hombro con suavidad.

“Nena, puedes cambiarte de asiento, es que no veo nada”. Mi ceja izquierda inició su ascenso en señal de desconfianza. La señora que era muy lista, entendió a la primera mi expresión. “No, nena, no, solo te pido que te cambies de asiento con tu acompañante, es que es tan alto”. No pude negarle la petición, así que volví a levantarme, móvil en mano, recogí de nuevo el bolso y la chaqueta, y cambié de asiento. Fue sentarme de nuevo y apagarse las luces. Just in time.

La ópera captó absolutamente mi atención hasta la media parte, momento en el que me di cuenta que la señora del cabello blanco había cambiado su asiento de nuevo, con lo que mi cambio no había servido para nada. Me apresuré a volver a mi silla original mientras maldecía para mis adentros al dichoso contubernio.

Vayas donde vayas es inevitable encontrarse con el contubernio de la tercera edad

Esta obra está interpretada en italiano, por lo que es conveniente informarse un poco acerca de la historia que cuenta, si queremos enterarnos del argumento. No tanto por el idioma, que es similar al español, sino por la dificultad de comprensión que conlleva una obra operística. La Traviata o La Extraviada, en castellano, está basada en la novela de Alexandre Dumas, La dama de las camelias.

La ópera de La Traviata es una adaptación teatral basada en la novela La dama de las camelias

Al final de la obra, los aplausos hicieron justicia. La protagonista se llevó la máxima ovación, no solo por su voz, prodigiosa, sino también por su espectacular actuación. El segundo lugar no fue para el protagonista masculino, sino para el personaje que interpretaba a su padre. Con una voz que ponía la piel de gallina y un porte de caballero distinguido, este cantante se llevó también una de las mejores ovaciones de la noche. El protagonista debía ser un suplente o no había ensayado lo suficiente porque su voz sonó apagada y algo desafinada, con lo que las ovaciones fueron bastante moderadas. El final fue muy entrañable y emocionante porque era el cumpleaños de la protagonista y sus compañeros le dieron la sorpresa en el escenario.

Como aun era temprano y me encontraba cerca de una de mis cocteleras preferidas, decidí tomar algo antes de volver a casa. Así que me acerqué, sin carreras ni prisas esta vez, al Milano Cocktail Bar, en la Ronda Universitat. Para mi sorpresa esa noche había una banda de jazz que tocaba en directo. Me dio tiempo a escuchar un par de canciones mientras me preparaban un San Francisco acompañado por unos aperitivos. Después, otra banda de rhythm and blues me deleitó con algunas canciones sureñas americanas. Un original final con el que terminar mi noche de ópera.

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