Jan, el pintor

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Sus profundos ojos azules se clavaron en los míos dejándome sin aliento durante algunos segundos. Esos ojos recordaban al mar en un día de verano y abarcaban toda la luz y calidez del mundo. Quise retirar mi mirada por timidez pero resultó imposible. Sus ojos me atraparon y presa de ellos intenté esbozar una leve sonrisa. Lo siguiente que me llamó la atención fue su sonrisa, amplia, franca y blanca como la nieve. Una ojeada mal disimulada por mi parte me descubrió a un hombre alto, fuerte, de complexión atlética y bien parecido. Llevaba una barba bien cuidada y una larga melena ondulada, lo que le confería una apariencia más atractiva, si cabe.

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Mi primera exposición  había resultado un éxito, más de la mitad de los cuadros vendidos y una buena crítica artística eran el resultado de unos cuantos años de trabajo. Esa tarde se presentaba tranquila y aun no había entrado nadie. Un movimiento en la puerta reveló a una desconocida entrando con curiosidad contenida. Desde el otro extremo de la sala pude echarle un buen vistazo a la joven. Vestía unos shorts que dejaban al aire sus largas piernas, unas sandalias planas y una camisa blanca y ancha completaban el atuendo. Tenía el pelo largo y castaño claro, boca pequeña, orejas de elfo y unos enormes ojos verdes. No tenía mucho que hacer, así que me acerqué con paso decidido a ella. Yo mismo le explicaría las curiosidades y  anécdotas que reunía mi colección.

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   — ¿Eres el vigilante?— preguntó ella con una media sonrisa.

   — No, soy el autor.

   — ¿Tú has pintado esto? ¿En serio?— preguntó ella algo incrédula.

  — Pues sí.

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No podía apartar la mirada de sus obras. Si sus ojos me habían atrapado en un primer momento, ahora era su obra la que tenía a mi alma presa. Con cada cuadro descubría algo nuevo, el dominio de los colores, la forma surrealista de plasmar la realidad tal y como él la veía. Sus palabras dándome detalles de cada una de esas pequeñas obras de arte eran la banda sonora perfecta para satisfacer mi curiosidad artística. Mi mirada se perdía en los azules profundos de las olas nocturnas culminadas en reflejos de plata de luna, en las gotas salpicadas por el pez que saltaba entre las olas y en el cielo la luna resplandeciente testigo de todo ello. El gato Socks mirando a un pájaro, unas cuantas sargantanas surrealistas, meditación total, el viento sobre las rocas en un día de tormenta… y como recurso divino y recurrente: la pequeña isla, el pequeño paraíso. Su obra me cautivó.

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La joven parecía prendada de mi obra, sus ojos absorbían cada pincelada, cada detalle, se abstraía deliciosamente con cada cuadro que descubría. Yo le iba describiendo algunos detalles e iba contestando a sus preguntas. Estaba, ciertamente, tan fascinada por mi obra como yo lo estaba por ella. Como pintor me enorgullecí de mi trabajo, como hombre estaba empezando a perder el norte por esa joven tan atractiva.

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Conseguí apartar mi mirada de su obra para volver a perderme en el azul de su mirada. Pasaron unos segundo de tenso silencio. En este punto, no sabía qué decirle así que opté por darle las gracias con una sonrisa, menos tímida en esta ocasión, y le aseguré que había sido un placer conocerle.

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Llegamos al último cuadro, una pequeña contribución a las reivindicaciones contra las excavaciones petrolíferas que iban a realizarse cerca de la isla. Por fin sus ojos volvieron a los míos. Me dio las gracias, me aseguro que había sido un placer conocerme y se marchó. Mi mirada siguió su delgada silueta, pasaron unos largos minutos mientras intentaba pensar con claridad y mis ojos seguían en la puerta por donde había salido… tal vez, si me apresuraba, aun estaría a tiempo de preguntarle su nombre.

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Mientras me dirigía a la salida iba pensando en Quino, el director del museo donde trabajaba como restauradora de arte. No me sería demasiado difícil convencerle para que contactase con ese joven artista. La promesa velada de volver a verle dibujó una sonrisa en mis labios durante un buen rato.

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No hubo suerte, mi atontamiento había durado demasiado y no la encontré. Aun así, supe en mi fuero interno que, de un modo u otro, volveríamos a encontrarnos. Y esa vez no la iba a dejar escapar tan fácilmente.

By susanagonu

Agradecimientos a Jan Ribas Drogt.


2 comentarios en “Jan, el pintor

  1. santialonso11 dijo:

    ¡Hola, Susana!

    Me ha gustado mucho tu relato. Es muy intenso y está plagado de arte con mensaje. Espero que haya continuación, ya que el final es abierto y da la posibilidad de que todo puede pasar.

    Me quedo por aquí y te leeré más a menudo.

    ¡Un abrazo! 🙂

    Le gusta a 1 persona

  2. susanagonu dijo:

    Hola Santi,

    Encantada de saludarte. Te agradezco mucho tu comentario. Y, sí, por supuesto que habrá continuación próximamente. Como bien dices, el final es abierto y está claro que los protagonistas volverán a encontrarse.

    Muchas gracias de nuevo. ¡Un abrazo para ti también! 🙂

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