Crónicas del gym (III): I’m sexy and I know it

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Ahora que ya estamos a finales de febrero es cuando realmente podemos comprobar quién ha llevado a cabo con éxito el propósito de año nuevo de ponerse en forma. El mes pasado hubo un aumento significativo de gente nueva en el gym. Avisados previamente por los monitores de las clases dirigidas, los habituales ya sabíamos que íbamos a estar un poco más apretados, aunque no por mucho tiempo. La gran mayoría de los nuevos no tienen fuerza de voluntad para continuar y, ya sea por uno u otro motivo, acaban desistiendo y tiran la toalla.

Es fácil reconocer a los nuevos. La mayoría acompaña su nuevo status de deportista estrenando un conjuntado atuendo al que no le falta detalle. Pulsómetros de última generación, auriculares inalámbricos, muñequeras a juego con la camiseta, guantes de protección, cinta en el pelo, zapatillas con suelas impolutas y, por supuesto, modelito con el logo de la marca de turno bien visible.

Hace bastantes años que hago deporte y aun así, cuando tengo dudas, suelo preguntar a algunos de los monitores que siempre andan por la sala. Lo que no tiene perdón es que las personas que no han hecho nunca deporte no pregunten nada y se pongan ahí a la buena de Dios, a pelearse con las máquinas de pesas sin tener ni idea de la técnica. Lo más preocupante es que lo hacen con una tremenda confianza y poniendo esa cara típica de sufrimiento del que ya lleva unos años practicando, cuando en realidad, lo hacen todo mal. Eso sí, se pasan el rato resoplando y haciendo muchos aspavientos sin derramar una sola gota de sudor. Sinceramente, no se a quién quieren impresionar.

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“La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor”. Si lo hacéis bien, claro. De otra forma es probable que acabéis lesionados.

Sin ir más lejos, el otro día estaba calentando en la elíptica, cuando vi a una chica de unos treinta y tantos, perfectamente equipada, con sus guantes a juego con las muñequeras rosas y sus Nike Max Air Force One Supersónicas último modelo a las que solo les faltaba el chorro de propulsión para salir volando con ellas. Se dirigió a una de las máquinas de trabajo de piernas. El ejercicio estaba perfectamente indicado en un pequeño gráfico del que disponen todas las máquinas, por si alguien no recuerda el movimiento correcto.

Pasando olímpicamente del gráfico y con una hoja de papel, de dudosa procedencia, se colocó en la máquina y en vez de poner las piernas a noventa grados y trabajar el cuádriceps, puso las piernas prácticamente rectas y empezó a trabajar los gemelos. Y no solo lo hizo mal con esta máquina sino con algunas más, por no hablar de las series, solo hacía una y muy deprisa, cuando por lo general se hacen tres y a una velocidad moderada al ritmo de la respiración.

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Al ver su cara de sufrimiento, ganas me dieron de bajar de la elíptica y decirle que si continuaba así era más que probable que acabara lesionada, pero como tampoco quería interrumpir mi entrenamiento y prefiero no meterme donde no me llaman, me limité a mirar a otro lado para descubrir a otra chica muy cerca de mí, entrenando en una bici de spinning.

Mi marido que es un experimentado ciclista de montaña y hace poco me ha introducido en esta disciplina, siempre me recuerda la importancia de la posición a la hora de pedalear. La cadera tiene que estar alineada a la altura del sillín, en la extensión de la pierna las rodillas deben quedar ligeramente flexionadas y hacia dentro, hombros relajados, abdomen fuerte y espalda recta. Ahora sí, a pedalear. La chica de la bici incumplía todas estas recomendaciones y tenía todas las papeletas para irse a casa con las rodillas destrozadas, entre otras cosas.

Manolete, Manolete, si no sabes torear, ¿”pa” qué te metes?

Al margen de la coquetería, está claro que un buen equipamiento es imprescindible, pero de nada sirve si no tienes una buena técnica, aunque haya quien no se entere. Supongo que esto también es extensible a la chica que hace zumba descalza. Sí, sí, habéis leído bien, zumba, con sus saltos y el impacto que eso supone. Eso sí, iba muy bien equipada con sendas rodilleras, que imagino, serían para compensar. Todo esto me recuerda al “I work out” (me entreno) del vídeo I’m sexy and I know it de LMFAO. Mucho postureo, mucho modelito, mucha tecnología y poco entrenar seriamente.

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Ante tanta barbaridad ajena, decidí hacer unos largos en la piscina en horario de menor afluencia. Y por aquellas casualidades de la vida, pude disfrutar la totalidad de mi ejercicio acuático en soledad. Cada dos o cuatro piscinas, suelo cambiar el estilo, y voy haciendo paradas para mirar la hora y descansar unos segundos. Bien, pues en una de esas pausas, contemplé con estupor a dos chicas que estaban en el spa. Por regla general la gente viene equipada con bañadores de natación y algunas chicas, las que menos, llevan bikinis. Aunque no es obligatorio el uso del gorro de baño en el spa, muchos usuarios lo llevan, y como mínimo, si tienen el pelo largo lo llevan recogido.

Estas dos llamaban muchísimo la atención, no solo por las largas melenas sueltas, que no paraban de ahuecarse, sino porque una llevaba un extremado bañador negro, que dejaba poco a la imaginación y parecía más una prenda de lencería que otra cosa, y la otra llevaba un mini bikini que dejaba todas sus posaderas al descubierto. No es que me moleste la indumentaria femenina ajena, pero sí que me sorprendió porque no es algo habitual.

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La guinda llegó cuando la rubia se estiró en plan “aquí estoy yo porque he llegado”, cual modelo en una sesión fotográfica, en el banco donde los socios dejan sus toallas y objetos personales. Seguramente se alojaban en el hotel de al lado, el cual permite el acceso a sus clientes a las instalaciones del club deportivo. Las chicas se fueron al cabo de poco y una vez acabado mi entrenamiento, me relajé en el spa casi desierto ahora que se habían ido las dos sirenas.

Al dirigirme a las duchas, volví a encontrármelas. Lo que vi, me confirmó que no eran socias del club, seguro. Habían desparramado toda su ropa por la zona del tocador, donde están los secadores y al salir de la ducha aun seguían ahí en ropa interior, exageradamente maquilladas y arreglándose el pelo la una a la otra. Según mis cálculos, ya llevaban más de hora y media metidas en los vestuarios.

Aparté algunas de sus prendas que estaban justo encima del secador de bañadores y la rubia teñida se dirigió hacia mí con acritud para coger sus cosas. Mi ceja izquierda empezó su ascenso en señal de advertencia, pero la cosa se limitó a un intercambio de miradas desafiantes por ambas partes. Me abstuve de hacer comentarios. Por la jerga que hablaban, parecían rusas y dudo que me hubieran entendido.

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Cuando regresé al tocador, observé que por fin se habían marchado. Así que me dispuse a arreglarme el cabello tranquilamente. Hace poco descubrí un nuevo acondicionador que me deja un pelo espléndido, con cuerpo, sedoso y con un aroma de lo más fragante. Encantada con mi pelazo, me encaminé a la salida, donde volví a toparme con las muchachas, ¡otra vez! ¡Aquello era el cuento de nunca acabarse!

Así que, sin poder evitarlo y  a sabiendas de que no iban a entenderme, me dirigí a la rubia del pelo chamuscado y, al mas puro estilo José Mota le espeté, mientras volteaba la cabeza y mi melena se movía a cámara lenta: “Mira guapa, no te digo que me lo mejores, tan solo iguálamelo”. Y allá que me fui riendo entre dientes mientras la rubia, estupefacta, se quedaba mirándome con cara de odio.

By susanagonu


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