La biblioteca de Alejandría

Alejandría de Egipto fue fundada por Alejandro Magno en 331 a.C. en el mismo delta del Nilo. El arquitecto Dinócrates y el propio rey elaborarían los planos, ejecutados por Cleomenes de Naucratis. El modelo urbano de la ciudad se basaba en el plano hipodámico, en forma de manto rectangular que poseía formas ortogonales ajustadas a la topografía del terreno entre el mar y el lago Mareotis. El término hipodámico proviene del arquitecto griego Hipodamo de Mileto, uno de los creadores del urbanismo. Este modelo urbano era característico de las ciudades helenísticas. Alejandría poseía amplias avenidas y calles —las más grandes de treinta metros de ancho y las más estrechas sobre los seis metros— que ablandaban la rigidez de la cuadrícula tradicional y la hacían más atractiva. Además se dividió en cinco grandes barrios que habitaba gente de distintas razas y naciones.

Se cree que la población de Alejandría alcanzó trescientos mil habitantes (hombres libres) lo que supone una población cerca del millón de personas, destacándose, así, su carácter de metrópolis superpoblada, además de ser la capital administrativa de Egipto, un centro de producción de diversos objetos, un importante punto de intercambio comercial y un gran centro cultural. Los complejos palaciegos reales, el teatro, los templos, los almacenes, las oficinas portuarias y comerciales, el gimnasio y la palestra, conformaban, junto con el mausoleo de Alejandro, el Museo y la Biblioteca, los grandes edificios de la ciudad.

“Pero Alejandro no vería completarse la realización de su programa urbanístico, tan sólo contaría con tiempo para las operaciones primarias de canalización y sistematización a escala territorial y el trazado y establecimiento de las infraestructuras esenciales para abrir las nuevas ciudades al desarrollo tanto social como económico. Serán sus sucesores los que continúen con una intensa labor urbanizadora por todo el Oriente próximo, desarrollando muchas de estas recientes fundaciones y creando muchas otras más.” Joaquín Montero Muñiz.

Alejandro Magno y sus sucesores fundaron muchas ciudades que funcionarían como centros de control de los territorios conquistados, así como puntos de difusión de la cultura griega. Surge, así, la propaganda como un nuevo condicionante en la fundación de las nuevas urbes, bajo el dominio de los monarcas y no de la democracia. De este modo los soberanos intentan difundir su nombre y obras mediante el culto hacia su imagen que le rendía la ciudad. Estos soberanos eran tratados como dioses por los súbditos, cosa que extrañó bastante a los macedonios, acostumbrados a tratarse como iguales. Aun así, Alejandro creía en su origen divino con lo que aceptó perfectamente este tipo de culto, que generaría, posteriormente, un modelo de poder que reproducirían las monarquías helenísticas y más tarde, los emperadores romanos.

Alejandro Magno

Cuando Alejandro, con dieciséis años, sofoca la rebelión tracia y toma Peonia, le da a la nueva ciudad el nombre de Alejandrópolis. De esta forma, su nombre sirve al propósito propagandístico de que se recuerde quién extinguió la revuelta. El hecho de dar el nombre de los fundadores a las ciudades era algo habitual en los reinos helenísticos, sobre todo aquellos con gran influencia oriental. A medida que avanzaba en su conquista de Persia, Alejandro fundaba nuevas ciudades con el objetivo de prolongar en el tiempo sus victorias militares y repoblar el territorio con colonos griegos y macedonios, lo cual conllevó una organización política, un control militar, el asentamiento de bases económicas y la difusión de la cultura helena por Oriente, inmortalizando, además, su nombre.

Todos estos núcleos nos indican la gran labor que llevó a cabo Alejandro como fundador de las ciudades que encontramos a lo largo del itinerario seguido con motivo de sus campañas militares. Por lo general, estas ciudades son campamentos militares que van habitando los soldados para su descanso o su cuidado, si estaban heridos, y que tenían como objetivo defender puntos estratégicos o vigilar regiones. Algunas evolucionaron y se convirtieron en grandes urbes comerciales y otras entrarían en decadencia para acabar desapareciendo.

Alejandría estaba diseñada para ser la sede de un gran imperio, desde su urbanización pasando por su emplazamiento hasta su arquitectura. En ella confluían griegos, egipcios y judíos. Desde la muerte de Alejandro, la dinastía de los Ptolomeos había gobernado la rica ciudad buscando el prestigio de la misma mediante la cultura. La fama de Alejandría de Egipto derivaba de ser la capital de un reino rico, de su complejo portuario y de ser el centro intelectual del mundo griego de la mano del Museo y la Biblioteca. Esta última considerada como un poderoso instrumento para llevar a cabo la helenización de Egipto, lo que explicaría que no hubiera literatura egipcia en la Biblioteca.

Se cree que la Biblioteca fue fundada en el 295 a.C. por Ptolomeo I Sóter, aunque los datos más antiguos se recogen en el siglo II a.C. en una carta —Carta de Aristeas a Filócrates— que escribe un judío explicando la primera traducción al griego de la Torá. La idea de la traducción provenía del director de la Biblioteca en esa época, Demetrio de Falera.

Se estima que Ptolomeo I Sóter fundó la Biblioteca de Alejandría

No se han encontrado restos arqueológicos de la Biblioteca, con lo que es difícil hacer una descripción de ella. La dificultad también radica en que las instalaciones debían de ser diferentes a como son hoy en día. Se cree que la Biblioteca debió funcionar dentro del Museo, no disponía de sala de lectura y los rollos se guardarían en estanterías, arcones o nichos. También debió contar con una scriptorium para copiar los libros, respetando ciertas normas sobre anchura de las columnas, número de líneas, extensión del rollo, etc. Estos libros se escribían en  papiro y sus títulos en una etiqueta en el borde superior del rollo. Aunque la mayoría de obras eran griegas, la Biblioteca también contaba con traducciones de otros autores como los libros sagrados de los judíos.

El Serapeo, construido bajo el mandato de Ptolomeo III Evergetes (246-222 a.C.) era un edificio que alojaba a Serapis, divinidad que fundía tradición griega y egipcia. Este templo poseía también una biblioteca abierta al público, más pequeña que la del palacio y donde se albergaban copias y no originales.

La importancia de la Biblioteca de Alejandría derivaba del afán de reunir las obras científicas y literarias más importantes del mundo conocido y preservarlas. Esta iniciativa fue tomada por Demetrio de Falera con el objetivo de proporcionarle trabajo a los sabios que iban al Museo, aunque también había una voluntad de reunir el saber universal, en todas las disciplinas y de todos los pueblos, y conservarlo para las generaciones futuras. Los estudiosos y sabios dedicaron muchísimo tiempo al minucioso trabajo de conservar, clasificar y copiar los libros de la Biblioteca, que llegó a reunir en el siglo III a. C. unos 490.000 libros, llegando a 700.000 en la época de Julio César.

Julio César

La Biblioteca de Alejandría se erigía, pues, como el centro cultural más avanzado de la época, que atraía a sabios, eruditos y científicos. Entre ellos destacan, Arquímedes, científico y matemático; Hiparco de Nicea, que dio a conocer la Trigonometría; Galeno, quien escribió sobre curación y anatomía; el médico Herófilo de Calcedonia, descubridor del sistema nervioso; Erasístrato, pionero de la cirugía; el matemático Apolonio de Perge; el padre de la geometría, Euclides; los astrónomos Hiparco de Bitinia, Aristarco de Samos y Claudio Ptolomeo, y el geógrafo Eratóstenes de Cirene, entre otros muchos. También, fue significativa la labor que llevaron a a cabo los directores de la Biblioteca, los tres primeros fueron Zenódoto de Éfeso, Apolonio de Rodas —autor del poema épico Los Argonautas— y Eratóstenes de Cirene. Destacan también, ya en la primera mitad del siglo II, Aristófanes de Bizancio, excelente lexicógrafo, y Aristarco, ilustre filólogo. A ambos se les atribuye la idea de la elaboración de listados y catálogos de la Biblioteca, debido al gran número de obras que contenía.

Rollo de papiro

Aun con Alejandría bajo la soberanía romana, la Biblioteca siguió atrayendo a estudiosos durante mucho tiempo. Las pérdidas más graves tuvieron lugar en el 272, cuando la ciudad se rebeló bajo el mandato del emperador romano Aurelio, que arrasó la ciudad.  Por otro lado, la biblioteca del Serapeo se destruyó en el 391, por orden del patriarca de Alejandría, Teófilo, durante unas revueltas entre cristianos y paganos. En el año 641, la ciudad cayó bajo la dominación árabe y el califa Omar ordenó destruir todos los libros que contravinieran la religión de Alá, momento en que la Biblioteca de Alejandría vio su fin. No obstante, algunos autores creen que la Biblioteca desapareció progresivamente.

“Las verdaderas razones de la desaparición de la Biblioteca fueron múltiples: las guerras, las invasiones, los saqueos, las conquistas y reconquistas de la ciudad, la degradación del papiro, el fanatismo, la decadencia política, económica y cultural, la dispersión de sus fondos, pero sobre todo la pasividad y la desidia, lo que es mucho menos romántico que el final dramático de un gran incendio convirtiendo en cenizas el esfuerzo humano.” Cecilia Frenández Fernández

Su destrucción supuso uno de los desastres culturales más simbólicos de la historia y una gran pérdida de documentos y libros repletos de conocimiento antiguo.

La Nueva Biblioteca de Alejandría

En el 2002, se abrió la Nueva Biblioteca de Alejandría en la misma ciudad. Este magnífico proyecto promovido por la Universidad de Alejandría en colaboración con el gobierno de Egipto, la Unesco y las Naciones Unidad se ha consolidado dando lugar a una colosal biblioteca de 36.700 metros cuadrados, situada en un edificio cuyo diseño simboliza el sol de Egipto iluminando al mundo y a la civilización, en un intento de crear un summun de conocimiento a disposición del público.

By susanagonu


 

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