La alteridad es una construcción social que surge de la necesidad de ordenar la realidad en entidades conocidas y desconocidas para dotarla de sentido. La representación de la diferencia, mediante clasificaciones culturales y estereotipos, configurará la forma en que una sociedad entiende el mundo y la mirada intencionada con la que lo representa. Partiendo de esta premisa, analizaremos el texto y las ideas fundamentales, vinculadas al concepto de alteridad, que se desprenden de La piel fría de Sánchez Piñol y su imbricación en el marco del orientalismo propuesto por el famoso crítico y teórico literario Edward Said. 

La novela de Sánchez Piñol explora el concepto de alteridad mediante un discurso narrativo que transita entre el género de terror y la literatura fantástica, y que evidencia el proceso de construcción del monstruo, del “otro”. Escrita en primera persona del singular, La piel fría abarca diferentes recursos literarios entre los que destacan el uso de figuras literarias, tales como la reiteración o la comparación, la riqueza de vocabulario, el uso mayoritario del tiempo pasado, que se alterna con el presente, utilizado este último para dar un mayor énfasis a las escenas de acción, y el cambio de registro en el capítulo VII que adopta la forma de diario. 

La inmersión en la historia se produce de la mano del protagonista, el oficial atmosférico, cuyo nombre desconocemos, de origen irlandés y antiguo militante del IRA que pasará un año en una diminuta isla cerca de la Antártida sin más compañía que la Batís Caffó, el vigilante del faro, y los monstruos acuáticos que asedian el lugar al anochecer. 

El terror inicial del protagonista se materializa cuando constata que los monstruos no son criaturas sobrenaturales, sino seres tangibles susceptibles de ser heridos o eliminados, llegando, incluso, a justificar su existencia natural en la isla a causa de su particular y remota ubicación, que también se erige, simbólicamente, como punto limítrofe entre civilización y barbarie. Este binarismo coincide con la idea de Said sobre la barbarie que representaban los pueblos orientales y que Europa tenía el deber de civilizar, cimentándose así el etnocentrismo que aun caracteriza el pensamiento occidental. 

Al principio, la postura del oficial frente al monstruo es clara e igual a la de Caffó: construye la diferencia desde su perspectiva humana, superior, despojando de cualquier atisbo de humanidad a esa “otredad” que representan los citauca, refiriéndose a “ellos” como bestias, hallando, por tanto, justificación moral en su matanza, y visibilizando, en su lucha por la supervivencia, el conflicto dicotómico dominador-dominado. En este punto, podemos establecer una analogía entre el monstruo y el oriental, en tanto ambos son considerados como una forma inferior y rechazable de sí misma por parte de los personajes y de la cultura occidental, respectivamente. 

Posteriormente, cuando el protagonista inicia la convivencia en el faro junto a Caffó y su mascota, una citauca hembra domesticada que el farero utiliza como sirvienta y como desahogo sexual, su visión de los seres acuáticos empieza a cambiar. Su relación con la mascota, a la que termina llamando Aneris, se intensifica: de su estatus de bestia y unas primeras impresiones asépticas que incluyen largas descripciones veterinarias de la hembra, pasa a los encuentros sexuales que fomentan una relación de amor/odio, para acabar humanizando a la criatura, y, por ende, al resto de la comunidad de monstruos, a los que se referirá a partir de ese momento como los citauca. 

Este proceso de identificación con los “otros” se ve favorecido por la aparición de los niños citauca, en una tregua, que con sus juegos se convierten en un reflejo de los niños humanos. En este punto, su acercamiento a los citauca, especialmente a Aneris y al pequeño citauca al que llama Triángulo, coincide con el rechazo a su igual, Caffó, quien acabará quebrantando la paz y encontrando la muerte a manos de los citauca. De hecho, la postura igualitarista que adopta el oficial en su acercamiento a los monstruos, a los “otros”, es mucho más arriesgada que su superioridad inicial, ya que juzga la alteridad desde su propia perspectiva, de la cual no puede despojarse. La posibilidad de empatizar con el “otro” y ver el mundo desde “su” perspectiva está presente, pero la comunicación no llega a hacerse efectiva y el protagonista erra al humanizar a los monstruos, al igual que confunde el hecho de retirar a los heridos con canibalismo, les atribuye un patriotismo ilógico por el asedio constante al faro y se indispone con Caffó sin darle ninguna explicación cuando se acerca a los citauca. 

Said postula algo muy similar en su discurso sobre el orientalismo, entendido este como una voluntad o intuición de comprender y, en algunos casos, de manipular o dominar en un mundo diferente. Se trata, pues, de un mero constructo social elaborado desde la perspectiva occidental, de la que es complicado despojarse, sobre todo, si tenemos en cuenta la multitud de textos que legitiman esa visión y que se encuentran, además, avalados por las grandes organizaciones institucionales. Si Oriente es orientalizado por Occidente, los monstruos de Piñol son humanizados por el oficial, cuyo intento de comprensión del “otro” pasa, inevitablemente, por el tamiz de su pensamiento occidental decimonónico y de su consciencia humana de los que no puede desprenderse.  

No obstante, será Aneris, pieza clave de la trama, quien provoque la perdición absoluta del oficial atmosférico y su indefectible caída en la ignominia. Parece razonable pensar que la pérdida de identidad y la deshumanización que sufre el protagonista están relacionadas con el placer sexual y con los vestigios amorosos que la citauca le provoca. Pero lo que arrastra realmente al oficial a la esfera de lo imaginario, donde solo prima el instinto y el deseo, es la imposibilidad de categorizar de forma tradicional a la criatura, que se representa en oposición a lo inteligente, lo lógico y lo razonable, así como la certeza de la inviabilidad de establecer una relación normativa, que generará a su vez la misma violencia desatada que le provocaba al principio cuando la consideraba poco más que una bestia. Así pues, el protagonista hace de Aneris su razón de ser, deja de lado su parte civilizada y racional, y se transforma, en definitiva, en Caffó, tomando su relevo en una lucha perpetua y completando la historia en un final circular.  

El hecho de que Aneris no responda a ningún estereotipo humano se erige como un contrapunto al orientalismo, en el que la formación de los estereotipos culturales refuerza las diferencias y contribuye a demonizar al “otro”. La violencia que esgrime el oficial contra Aneris ya no deriva de su desprecio inicial procedente de ideas estereotipadas respecto al “otro”, sino que ahora obedece a la imposibilidad de humanizarla. Siguiendo con los estereotipos, podemos afirmar que la mutación de Aneris de bestia a mujer se basa en la mirada masculina de Caffó y el oficial; sus tareas como sirvienta; su comparación con los cánones de belleza occidentales, que supera con creces; y el maltrato al que es sometida no es casualidad, sino que responde a un patrón de género que implica una alteridad opuesta y secundaria. Lo mismo ocurre con las mujeres orientales que aparecen frecuentemente como una creación imaginativa del hombre y son descritas con una sensualidad ilimitada, estúpidas y sumisas.

En conclusión, podemos afirmar que Sánchez Piñol articula un discurso narrativo que visibiliza la relación conflictiva de los humanos con el concepto de alteridad que viene representado por los citauca en La piel fría. Este discurso encaja, prácticamente sin fisuras, en el marco teórico del orientalismo propuesto por Said, en tanto construcción ideológica que configura una visión inexacta y distorsionada del “otro”. 

 

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