Hace unos días vi el anuncio de Always “Like a girl”. Después de visionarlo te da qué pensar y no te deja indiferente. Tal vez, porque el mensaje que se desprende, visto desde una perspectiva sociológica, es la problemática que generan ciertos hábitos y costumbres referentes al género, que, dentro de un contexto social, son percibidos como algo natural, sin serlo realmente, y que, además, producen cierta violencia simbólica que pasa inadvertida para los actores sociales. Recordemos que la violencia simbólica es un concepto sociológico, instituido por Pierre Bourdieu en los 70, que hace referencia a una violencia indirecta en la que las víctimas interiorizan y naturalizan el poder que las somete de forma que son inconscientes del mismo y no lo cuestionan.

En las primeras secuencias del anuncio podemos observar que todos los adultos reaccionan de forma similar cuando se les solicita que “corran como una chica”. En una primera instancia, estas actitudes comunes que ridiculizan la acción descrita derivan de los procesos de socialización a los que nos vemos sometidos desde nuestro nacimiento. En el momento en el que conocemos el sexo del bebé, este ya es catalogado por la sociedad y se le asigna el correspondiente rol en función de si es niño o niña. Más adelante, entrará en acción la educación sexista que nos permitirá interiorizar el género de forma inconsciente y nos formará para cumplir correctamente los roles adjudicados.

En el transcurso de nuestras vidas podemos llegar a asumir muchos y muy diversos roles, pero hay uno que no solo definirá, sino que también condicionará nuestra identidad: el género. En este punto se hace necesario establecer la diferencia entre sexo y género. El primero es algo natural y biológico; el segundo, según la filósofa post-estructuralista estadounidense Judith Butler, es performativo, es decir, el género no es algo natural, universal y estable, sino que es el resultado de la construcción social que establece las diferencias entre hombres y mujeres, es la manera que tenemos de posicionarnos en el mundo. Por tanto, ser hombre o mujer no es una realidad natural, ya que no hay demasiados fundamentos biológicos que expliquen las diferencias de comportamiento. Es, más bien, un hecho y una cuestión de aprendizaje social.

El género es performativo, es decir, es el resultado de la construcción social que establece las diferencias entre hombres y mujeres.

Judith Butler.

Así pues, la atribución de los diferentes roles según el sexo puede llegar a tener implicaciones negativas y peligrosas, ya que puede generar situaciones de desigualdad y violencia en un marco social donde se establece una jerarquización, que se pretende naturalizada y normalizadora, sujeta a unos parámetros supuestamente biológicos. Judith Butler comenta al respecto que su afán por “desnaturalizar” el género “tiene su origen en el deseo intenso de contrarrestar la violencia normativa que conllevan las morfologías ideales del sexo.”

De hecho, esta “desnaturalización” consciente del género es lo que ocurre en las siguientes secuencias del anuncio. Los individuos que conforman el grupo de los adultos, al hacerse conscientes de las connotaciones humillantes de la expresión “like a girl” y de las consecuencias negativas que esta atribución de roles supone para las mujeres, cambian radicalmente su manera de actuar, mostrándose en su esencia como personas, sin perfomance, y dejando de lado ese normalizado e institucionalizado rol femenino tan bien aprendido, interiorizado e interpretado.

La normalidad nos condiciona de forma inconsciente, viene definida socialmente y está vinculada a la lógica institucional. Respecto al género, la normalidad vendría definida por unos parámetros culturales en los que, tal y como postula Meri Torras, Doctora y profesora de Teoría de la literatura y Literatura comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona, el par masculino-femenino se presenta como contrario y complementario, estableciendo dos únicas posibilidades de elección respecto al género. La sociedad sexista, incapaz de imaginar a las personas de forma abstracta, sin necesidad de catalogarlas como hombres o mujeres, queda, pues, evidenciada en el anuncio. Es más, si no se puede incluir a alguien en una de estas dos categorías se produce una violación de las normas establecidas o desviación social con la subsiguiente incomodidad y rechazo social.

La reacción del grupo de niñas ante la misma petición de “correr como una chica” es muy diferente. Estas aún no tienen asumido el rol femenino y se muestran ajenas a él, corriendo, peleando y bateando tal y como ellas lo harían de forma genuina. Esto demuestra, nuevamente, el carácter cultural y aprendido de los roles de género, que no dejan de ser un instrumento de control social, en este caso de la mujer, por parte de unas instituciones históricamente patriarcales y bastante reacias a cambios. Por consiguiente, podemos deducir que las instituciones, en sus procedimientos de normalización, ejercen un mecanismo de control social que vela por el cumplimiento de las normas aplicadas a los roles. Haciendo eco de las palabras de Meri Torras, ese control que resulta invisible y que tenemos tan interiorizado y naturalizado nos mantiene disciplinados dentro del sistema social y económico, a fin de que sigamos dócilmente los dictados de la máquina del poder.

Nuestros cuerpos son vigilados y controlados por las instituciones en un ejercicio de normalización. Este control que resulta invisible y que tenemos tan interiorizado y naturalizado nos mantiene disciplinados dentro del sistema social y económico, a fin de seguir dócilmente los dictados de la máquina del poder.

Meri Torras.

El anuncio acaba con el emocionante discurso de una de las chicas, que, en un ejercicio de dialéctica social, se enorgullece de su condición de mujer, al tiempo que la reafirma y se posiciona en un plano ausente de categorías, ignorando los roles predeterminados socialmente. Se hace evidente, pues, el gran poder de la sociedad, que no solo determina lo que hacemos, sino también lo que somos, tal y como afirma el sociólogo estadounidense Peter L. Berger. Al fin y al cabo, el hecho de ser mujer no debería tener un efecto de merma en nuestras propias capacidades, así como tampoco deberíamos ser definidas por las expectativas de otros, lo cual queda reflejado en la frase final del anuncio: “correr como una chica también puede significar ganar la carrera.”

El gran poder de la sociedad no solo determina lo que hacemos, sino también lo que somos.

Peter L. Berger.

Para concluir, se hace necesario introducir el concepto de reificación que, según los sociologos Berger y Luckmann, “implica que el hombre es capaz de olvidar que él mismo ha creado el mundo humano, y, además, que la dialéctica entre el hombre, productor, y sus productos pasa inadvertida para la conciencia.” En el anuncio se ejemplifica perfectamente un claro proceso de desreificación, referido al género femenino, capaz de hacer visibles los artificios del poder, que, mediante los procesos de socialización y la “normalizadora” asignación de roles de género por parte de las instituciones, consiguen que percibamos como natural algo que, realmente, no lo es. Darnos cuenta de ello, nos permite ser más conscientes de nuestro potencial como personas sin ser catalogadas con el rol “mujeres”, con las consecuencias que eso conlleva. Sí, soy una mujer porque mis características físicas naturales así lo muestran, pero no quiero identificarme con el rol femenino que me asigna la propia sociedad para un mejor sometimiento y un óptimo control social impuesto por el poder institucional.

Por Susana Gómez Nuño @susanagonu | Publicado el 23/03/2017 en NUEVA REVOLUCIÓN