Los inuit: un ejemplo de sociedad


inuit

Hace poco visioné un documental muy interesante sobre los inuit de Igloolik —localidad situada en Nunavut, en el norte ártico de Canadá— llamado Igloolik, a real tale. Adaptados a las duras condiciones climáticas que reinan en esa zona del planeta, los inuit se han visto sometidos a nuevos cambios y adaptaciones debido a la cultura occidental y la religión cristiana predispuestas por el colonialismo. Con el tiempo, los inuit han ido recuperando sus derechos y siguen manteniendo su cultura y sus conocimientos ancestrales.

Los autores de este documental nos acercan a la realidad social y cultural de los inuit mostrándonos la realidad física donde viven: los inmensos parajes de hielo donde salen a cazar, los perros Husky tirando de los trineos o la construcción de iglús usando tan solo un cuchillo, son algunos ejemplos de la belleza del entorno, teñida de cierto dramatismo al destacarse la soledad del hombre ante un medio tan inhóspito. Los inuit explican como la llegada del “hombre blanco” les cambió la vida. Su discurso, expresado en un tono tranquilo y pacifista, a la vez que asertivo, pone en evidencia los problemas que tuvieron en el pasado y a los que se enfrentan en la actualidad. El documental nos permite contemplar el punto de vista inuit de forma elegante y sencilla sin caer en una crítica exacerbada a las políticas establecidas por la cultura occidental.

Los inuit de Igloolik llevaban una vida nómada y fueron uno de los último pueblos descubiertos por el “hombre blanco”. Tenían unas leyendas comunes a otros territorios del Ártico, como Groenlandia, Alaska o Siberia y todavía siguen usando las mismas herramientas que usaban sus antepasados hace miles de años. Sus mitos les ayudaban a entender su mundo espiritual. Es, ciertamente, muy interesante el respeto hacia los animales y el medio ambiente que se derivan de estas leyendas mitológicas. La imposición de una nueva religión, de la mano de misioneros católicos caló hondo en los inuit y cambió sus creencias.

La llegada del colonialismo a sus tierras, impuso nuevos modos de vida que no fueron de difícil instauración, dada la naturaleza no guerrera de esta etnia, pero que ocasionó profundos cambios culturales. La educación transmitida de una generación a otra de forma oral fue sustituida por la escolarización en 1964. Exterminaron a sus perros Husky y la población fue agregada en pequeñas aldeas, los sometieron a leyes ajenas que no se adecuaban ni a su forma de vida ni al medio en el que vivían. Los ancianos venerados por ser fuentes de experiencia y conocimiento vieron mermado su poder. Empezaron a entender el concepto de pobreza, hasta ese momento desconocido por ellos, que se consideraban ricos con un cuchillo con el que podían construir un iglú donde vivir y un arpón para cazar. Los cambios fueron duros pero su capacidad de adaptación les permitió, más adelante, realizar progresos con respecto al gobierno canadiense. En 1980 empezaron las negociaciones, en 1993 se llegó a un acuerdo definitivo y en el 1999 se creó un gobierno propio: el gobierno de Nunavut, con sus propias normas; que permitía la recuperación de su costumbres ancestrales y velaba por el mantenimiento de su lengua y su legado cultural.

Aunque el contacto intercultural en lo que a religión se refiere, no establece divergencias extremas, sí que fue causa de consecuencias negativas. La religión cristiana adquirió mucha importancia, en el sentido que los inuit la incorporaron a su imaginario sin mucha dificultad debido a las similitudes que tenía con sus creencias originales —como la convicción de la vida después de la muerte—. Todo ello ha ocasionado que la sociedad de Igloolik se divida en católicos y anglicanos, ejerciendo, así, la religión, un papel divisorio en lugar de una labor positiva y unificadora. Las creencias religiosas de los inuit eran proclamadas, anteriormente, por los chamanes que también practicaban la medicina. Actualmente, sigue existiendo en esa comunidad la figura del chamán y aunque es algo de lo que no se habla, todo el mundo conoce su existencia. Esta tendencia a la opacidad podría atribuirse al rechazo hacia su propia cultura instigado por los misioneros en la época colonial. Sentimiento que todavía pervive en algunas generaciones de esa sociedad.

La educación y la lengua son para los inuit de Igloolik muy importantes. El cambio educacional sobrevenido de la mano de la cultura occidental, que les obligaba a escolarizarse, dejar de lado sus tradiciones, y además, hablar otra lengua, no fue fácil. No obstante, fueron conscientes de la importancia de no olvidar ni su lengua, ni su cultura ni tampoco su historia. La nueva educación romperá sus tradiciones de transmisión oral de conocimientos y se adoptarán nuevas categorías sociales —para ellos solo había tres: los niños, los adultos y los ancianos—. Actualmente, hay muchos jóvenes que se inclinan más por las nuevas tecnologías y todo aquello que puede aportarles la cultura occidental. Sin embargo, a pesar de la brecha generacional, existe una firme y sólida tendencia, impulsada por muchos, a mantener esas tradiciones ancestrales con la intención de transmitirlas a los jóvenes y, así, proveerles de conocimientos que aseguren su supervivencia. El ideal perseguido por este pueblo es educar a las nuevas generaciones de jóvenes en la cultura inuit sin dejar de lado las ventajas que ofrece la cultura occidental.

El gobierno de Canadá impuso en Igloolik unas leyes que no se adaptaban ni estaban hechas para los habitantes de la zona. Se iniciaron, entonces, las negociaciones para instaurar un gobierno independiente. Los representantes inuit, haciendo gala de su inteligencia y pacifismo, aprovecharon la temporada de mayo-junio donde el día tiene 24 horas para exponer sus requerimientos. Las horas iban pasando y seguía siendo de día. El comisionado canadiense aceptó muchas de las propuestas inuit, en base al agotamiento y al cansancio de sus miembros que no estaban acostumbrados a esas jornadas diurnas tan largas. Así pues, se establecieron tres idiomas oficiales: inglés, francés y inuktitut. Por otro lado, el pueblo de Igloolik siempre había sido autosuficiente e independiente, factores que se habían perdido con la llegada de los misioneros y el gobierno canadiense. Esta nueva autonomía gubernamental les permitiría recuperar de nuevo su independencia y autosuficiencia, así como establecer políticas de protección y mantenimiento para su tradiciones culturales y su historia.

Al hablar de mantener la integración del grupo mediante la cultura tradicional, no me estoy refiriendo, en ningún caso, a que  los inuit pretendan volver a las duras condiciones de vida nómada y a vivir en iglús. Para ellos es muy importante adaptarse al resto del mundo, pero siempre manteniendo su esencia cultural y recordando su historia. En este punto podríamos hablar de etnonacionalismo. La imposición de un modelo ajeno o extranjero a un pueblo conlleva un resurgimiento etnonacional, cuyos objetivos, son, según Paul Bohannan, “el derecho de una comunidad a ser culturalmente diferente y a controlar sus propios asuntos dentro de un territorio determinado”. El caso de Igloolik sería un claro caso de etnonacionalismo pacífico, basado en el consenso y el diálogo.

En el transcurso de la historia ha quedado claro que el colonialismo y el etnocentrismo radical (o, tal vez, debería hablar de eurocentrismo) impuesto a los habitantes de las tierras conquistadas les ha conllevado a estos últimos más problemas que beneficios. Sometidos a la superioridad y el dominio de la cultura occidental los pueblos nativos se han visto despojados de su legado y han sido forzados, en muchas ocasiones, a adoptar nuevas tradiciones, nuevas religiones e incluso nuevas lenguas.

Todo ello ha tenido connotaciones negativas para estos pueblos. No obstante, se hace necesario destacar la inteligencia emocional, la buena disposición para el diálogo y el alto grado de adaptación al cambio del pueblo inuit de Igloolik. Con todas sus habilidades y sin recurrir a la violencia, han conseguido gobernarse a sí mismos y mantener sus tradiciones al tiempo que aceptan de buen grado formar parte de este nuevo mundo de avances tecnológicos y comunicaciones que predomina en la actualidad.

Sus preocupaciones no difieren demasiado de las de cualquier ciudadano occidental. La educación, tan importante para ellos, juega ahora un papel fundamental respecto a inculcar sus valores, sus costumbres y su lengua a las generaciones futuras, reestableciéndose, así, la identidad cultural que habían perdido. Por otro lado, es digna de elogio la preocupación que expresan por el medio ambiente y los animales de su entorno. Explicable, sin duda, por su tradicional economía de subsistencia que les obligaba a conocer perfectamente su medio y los animales que cazaban. Expresan, también, el problema del cambio climático que sufren y detectan mediante signos como una nieve más blanda, un sol que les quema la piel, una meteorología más impredecible y unos animales que enferman y son cada vez más escasos.

Con el tiempo, y dejando de lado la supuesta superioridad de Occidente, debemos ser conscientes de que culturas como la de los inuit pueden aportarnos unos valores que, desgraciadamente, se están perdiendo en la cada vez más individualista cultura occidental. Valores tan importantes como el trabajo en equipo, el respeto a las personas, los animales y el medio ambiente, una capacidad adaptativa sorprendente y sobre todo el talante pacífico. Justamente, los inuit alegan que sus antepasados escogieron un lugar tan frío para vivir porque odiaban luchar. Todo un ejemplo de sociedad y seguramente, como afirma el antropólogo, especialista en cultura inuit, Francesc Bailón, el último soplo de humanidad del planeta.

Por Susana Gómez Nuño @susanagonu | Publicado el 28/12/2016 en NUEVA REVOLUCIÓN


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