Existen muchos cuerpos distintos, pero ninguno de ellos escapa de ser catalogado como hombre o mujer. Son las dos únicas posibilidades para una gran diversidad de materializaciones corporales. Tal vez, podríamos hablar incluso de una sola opción, ya que el par masculino-femenino se presenta como contrario y complementario. Se establece, pues, una jerarquización naturalizada y normalizadora que prescribe los cuerpos, los hace legibles, según unos parámetros supuestamente biológicos.

Este sistema binario de género-sexo se reduce, al final, a hombre frente a todo lo que no es suficientemente hombre. Es necesario, pues, desarticular este binomio, aunque ello implique desarmar la heterosexualidad. De esta forma, al confundirse los géneros se dificultará la certeza de una práctica sexual legal y autorizada.

La diferencia entre sexo y género se estableció en el feminismo con el fin de evitar el biologismo. Así, el sexo se entendía como algo natural y biológico, frente al género resultado de la construcción social y de carácter cultural que hace referencia a las diferencias psicológicas, sociales y culturales entre hombres y mujeres.

Una no nace mujer, se convierte en mujer. Simone de Beauvoir.

Nuestros cuerpos son vigilados y controlados por las instituciones en un ejercicio de normalización. Este control que resulta invisible y que tenemos tan interiorizado y naturalizado nos mantiene disciplinados dentro del sistema social y económico, a fin de seguir dócilmente los dictados de la máquina del poder. Una loable labor del feminismo ha sido y sigue siendo mostrar cómo actúan esos mecanismos de poder que fácilmente consiguen que percibamos como naturales prácticas que en sí mismas no lo son.

En el transcurso de nuestras vidas podemos llegar a asumir muchos y muy diversos roles, pero hay uno que no solo definirá sino que también condicionará nuestra identidad: el género. La identidad no es innata, se construye a partir de las prácticas sociales. Por tanto, ser hombre o mujer no es una realidad natural, ya que no hay demasiados fundamentos biológicos que expliquen las diferencias de comportamiento. Es más bien un hecho y una cuestión de aprendizaje social.

Es importante destacar que prácticamente desde el momento que conocemos el sexo del bebé, este ya es catalogado por la sociedad y se le asigna el correspondiente rol en función de si es niño o niña.

A partir de este inicio entrará en acción la inconsciente educación sexista y se nos socializará, en buena parte de forma distinta, para cumplir correctamente nuestros roles. Es decir, la sociedad es sexista y deja lugar solamente a dos categorías fijas, dejando en evidencia la incapacidad para imaginar a las personas de forma abstracta sin necesidad de catalogarlos como hombres o mujeres. Es más, si no se puede incluir a alguien en una de estas dos categorías se produce una cierta incomodidad que puede alcanzar fácilmente altas cuotas de rechazo social.

Desde el punto de vista de la sociología, la atribución de diferentes roles en función del sexo se hace obvia en la división del trabajo en las sociedades industriales y urbanas contemporáneas. En la esfera de la producción del trabajo asalariado y reconocido socialmente observamos una predominancia masculina. La esfera de la reproducción, cuidado de niños, enfermos y trabajo doméstico, no asalariado y no reconocido socialmente parece reservado a las mujeres. Y aunque es cierto que cada vez hay mayor heterogeneidad en ambas esferas, lo cierto es que las mujeres no dejan, en su mayoría, la esfera del trabajo reproductivo, con lo que sus jornadas suelen ser dobles.

La feminización de la pobreza deriva de los cambios que la industrialización y la división de trabajo han traído a las familias.

Otra consecuencia de todo esto es la feminización de la pobreza, derivada de los cambios que la industrialización y la división de trabajo han traído a los modelos de familias, dejando a una gran cantidad de mujeres separadas en hogares monoparentales y en condiciones muy desfavorables para acceder al mercado de trabajo. No solo por tener que compaginar trabajo y cuidado de los hijos sino por las diferencias considerables de salarios entre hombre y mujeres por la realización de una misma labor.

Por lo general, las normas de género se cruzan con otros factores sociales, como religión, clase social, etc. y generan desigualdades y diferencias sociales. La interiorización del rol, sea consciente o no, es siempre muy persistente. El lenguaje se erige aquí como el mecanismo clave que hombres y mujeres utilizan de forma distinta. Según la sociolingüista norteamericana Deborah Tannen, las mujeres utilizan el lenguaje como un medio para negociar, para aproximarse a la gente, para buscar consenso, apoyo y confirmación, en una lucha por preservar la intimidad evitando, al mismo tiempo, el aislamiento. Por su parte, los hombres hacen uso del lenguaje para mantener un orden social jerárquico en el que tratarían de mantenerse en una posición preferente, entendiendo la vida como una competición para preservar la independencia y huir del fracaso.

Por Susana Gómez Nuño @susanagonu | Publicado el 08/03/2017 en NUEVA REVOLUCIÓN