Yo, monstruo

Pol no soportaba la oscuridad, pero los abogados le reclamaban las escrituras y demás documentos para iniciar los trámites de la venta de su casa. Todo estaba en el sótano. No quería bajar allí. No le gustaba ese lugar. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo allí. Intentó tranquilizarse. Respiró hondo, hizo acopio de valor y abrió la puerta del sótano.

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Sonidos mortales

La pequeña Almudena estaba agazapada bajo unos matorrales, lo que le proporcionaba un ángulo de visión perfecto para contemplar la terrible escena que se estaba desarrollando ante sus ojos, sin riesgo de ser descubierta.

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Uma y Quentin

La primera vez que le vi me pareció una especie de bruto. Era un hombre tremendamente grande, un gigante casi. Todo en él destacaba por lo desmedido, sus manos, su cabeza, su nariz, su barbilla, su cuello, su boca…

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Jan, el pintor

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Sus profundos ojos azules se clavaron en los míos dejándome sin aliento durante algunos segundos. Esos ojos recordaban al mar en un día de verano y abarcaban toda la luz y calidez del mundo. Quise retirar mi mirada por timidez pero resultó imposible. Sus ojos me atraparon y presa de ellos intenté esbozar una leve sonrisa. Lo siguiente que me llamó la atención fue su sonrisa, amplia, franca y blanca como la nieve. Una ojeada mal disimulada por mi parte me descubrió a un hombre alto, fuerte, de complexión atlética y bien parecido. Llevaba una barba bien cuidada y una larga melena ondulada, lo que le confería una apariencia más atractiva, si cabe.

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Especial Halloween (II): Buscando a Pablo

mujer preocupada

Sí, lo reconozco, en aquellos últimos días me preocupaba que pasara algo malo. Y, ciertamente, así fue, aunque en un sentido muy distinto al que yo hubiera imaginado jamás.

Todo empezó un día cualquiera. Mi esposo, Pablo, y yo estábamos pasando unos días de vacaciones en Formentera, una pequeña isla mediterránea donde solíamos veranear desde hacía algunos años. A pesar de que era ya casi la hora del cierre de los comercios, decidimos acercarnos al colmado del pueblo para recoger nuestro encargo semanal. Pablo inició una charla trivial con las dependientas, que no alcancé a escuchar ya que todos mis sentidos se focalizaron en unas tartas de manzana caseras dispuestas en el mostrador.

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