Dos vidas, dos destinos

pareja

Hace unas semanas leía en el blog de mi amiga Laura, Retratos de la vida (post: Viajar solo o acompañado) que siempre habia viajado a Formentera con sus amistades y que le daba miedo viajar allí con su marido por temor a romper la magia. La comprendo perfectamente. A mí me sucede exactamente lo mismo pero al contrario. Formentera es un lugar ciertamente muy especial tanto para mi esposo como para mí y tampoco me atrevería ir allí con cualquiera que no fuera él. Este fue nuestro tercer viaje, el que hicimos justo después del accidentado viaje a la toscana. Éramos ya pareja consolidada en fase de noviazgo formal y a pesar del retraso de siete horas en el vuelo de la siempre tan eficiente y amable compañía Ryanair (nótese la ironía), debo confesar que después de ese viaje me quedaron claras dos cosas. La primera: jamás en lo que me quedara de vida volvería a volar con esa compañía aérea, cosa que he cumplido hasta el momento. La segunda: todo apuntaba a que había encontrado, por fin, al amor de mi vida. No en vano, dos años después sonarían campanas de boda.

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El accidentado viaje a la Toscana

 

toscana

Como ya os comenté en el post anterior, esta escapada marcaba una nueva etapa, más formal, en la relación con mi futuro esposo. Relación que el destino puso a prueba especialmente en este viaje. Iniciamos nuestra andadura en Pisa, nuestra base durante dos días en los que además visitamos Siena, Vinci y algunos encantadores pueblecitos de la zona. Como suele pasarme cuando como fuera de casa, no tenía nada de apetito a la hora de la cena con lo que decidí pedir algo de fruta en el hotel que, por cierto, pagamos a precio de oro, con la consiguiente indignación de mi enamorado. Superado el disgusto nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino: Florencia, ciudad que nos desencantó bastante tras varios incidentes desafortunados.

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El parador del terror

parador del terror

La primera escapada que hice con el que hoy es mi compañero de vida y esposo fue a un bonito parador situado en la costa gerundense al que solemos llamar, entre risas, “el parador del terror”. Llevábamos poco tiempo saliendo, un par de meses a lo sumo, y la romántica escapada prometía. A pesar de eso, empezó con mal pie… augurio deductivo de lo que ocurriría después.

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