Nicole esperó impaciente a que su esposo saliera del baño. Eran ya las diez y media de la noche y Jack llegaba tarde a su partida de póker de los jueves. No es que a ella le importara demasiado la puntualidad de su marido, pero esa noche ella también tenía prevista una pequeña salida nocturna y no quería retrasarse. Le había dejado el traje preparado y los zapatos relucientes, no tardaría en irse. Nerviosa, respiró hondo e intentó tranquilizarse. Se sentó en una de las butacas de la habitación y cogió una revista. De tanto en tanto, levantaba la vista y miraba de reojo a Jack. Ya estaba casi listo.

– Adiós, querida, no me esperes levantada, llegaré tarde.

Ella sonrió comprensiva y le lanzó un beso. En cuanto escuchó el ruido de la puerta se puso en marcha. Eran ya las once menos cuarto y tenía que atravesar toda la ciudad. Rebuscó en el armario. Ese vestido gris antracita le sentaría bien. No tenía tiempo de acicalarse demasiado, así que se recogió el pelo en un moño bien prieto y apenas se puso un poco de maquillaje y lápiz labial. Cogió el abrigo y el bolso, y bajó corriendo las escaleras de la entrada. Caminó todo lo rápido que le permitían sus tacones hasta la Avenida Madison. Golpeó la punta del pie en la acera con impaciencia mientras esperaba que pasara un taxi libre. Tuvo suerte y al cabo de pocos minutos se encontraba subida en uno. Miró el reloj. Ya eran las once y diez.

– Le daré una generosa propina si consigue llevarme a las afueras en veinte minutos, voy al Red Velvet.

El taxista se tomó muy en serio el ofrecimiento y empezó a sortear el tráfico de la ciudad. Se saltó un par de semáforos. Un coche de policía lo vio y empezó la persecución. El taxista aceleró y consiguió salir raudo de la ciudad. Las luces azules y las sirenas de la policía estaban algo más alejadas ahora. Una vez en las afueras, el taxi ganó velocidad y en un recodo de la carretera tomó un desvio. Paró y apagó las luces. La policía pasó junto a ellos sin verlos. Al cabo de poco, el taxista retomó el camino. Nicole suspiró aliviada. No iba a llegar tarde después de todo.

Mike Handson se encontraba sentado cerca de la puerta, en uno de los externos de la barra del Red Velvet, un elegante y discreto club de jazz situado en las afueras. Su cliente había insistido en encontrase allí y él, que andaba escaso de casos y de efectivo, había aceptado sin dudar. Rebuscó en el bolsillo de su raída americana y leyó la nota de nuevo. Red Velvet, 23:30 horas, Nicky. Su mirada se paseó por el recinto en penumbra y lleno de humo. Un par de hombres solos y varias parejas ocupaban las mesas, que estaban dispuestas de forma ordenada frente al pequeño escenario, rodeado por unas cortinas de terciopelo rojo. En el centro, una banda de jazz tocaba una melodía cadente, cargada de acordes tristes y melancólicos, mientras un solista negro cantaba con voz desgarrada una canción sobre un amor imposible.

Mike se acarició suavemente la cicatriz que cruzaba su mejilla y que marcó el punto final de su apasionada historia con Eve. Nunca había sido bueno resistiendo tentaciones y cometió el error de tomar lo que era de otro. El idilio no duró demasiado y jamás volvieron a verse. Mike lanzó un largo y profundo suspiro, no era momento de recordar viejos amores. Encendió un cigarrillo e inhaló el humo lentamente mientras echaba un vistazo a su reloj. Aun era temprano. Hizo una seña al camarero y pidió un whisky doble con hielo. Solo esperaba que no le dieran plantón.

Con la mirada perdida en el fondo de su copa vacía, percibió una corriente fría procedente de la puerta. Se giró y vio a una mujer alta y delgada, de cabello negro recogido pulcramente en un moño y ojos oscuros como la noche. Llevaba un grueso abrigo de color rojo, que se quitó de inmediato dejando a la vista un discreto vestido gris que insinuaba unas curvas voluptuosas y bien proporcionadas. Sus zapatos de altos tacones y brillante charol negro repiquetearon en el suelo de madera mientras se acercaba lentamente a Mike.

– Sr. Handson, soy Nicole, pero puede llamarme Nicky… – le dijo tendiéndole la mano.

Mike tomó su mano delicadamente mientras sus miradas coincidían durante unos segundos que se hicieron eternos. 

 

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