El modernismo es la corriente artística que se desarrolló a finales del siglo XIX y principios del XX (1890-1910) en la que la arquitectura cobró gran protagonismo. Dentro de un marco artístico, podríamos situarlo entre el impresionismo y las primeras vanguardias del siglo XX. En un contexto histórico marcado por la Segunda Revolución Industrial, los avances tecnológicos y el auge de la burguesía que esperaba el nuevo siglo con entusiasmo, el modernismo intenta encontrar un estilo moderno acorde a los nuevos tiempos, desvinculado del pasado y basado en el uso de nuevos materiales.

Este nuevo estilo adquirió un alcance internacional y se le asignaron diferentes nombre en función del país de origen. Así, en Francia se le llamó Art Nouveau, en Reino Unido Modern Style, Jugendstil en Alemania, Sezessionsstil en Austria, Liberty en Italia y Modernismo en España. Además, no solo transformó la arquitectura, sino que se extendió a todos los ámbitos del arte y del diseño, incluyendo todos los aspectos de la vida urbana, abarcando desde las viviendas y las estaciones de metro hasta los muebles y la decoración de interior.

Los antecedentes del modernismo nos remontan a la Primera Revolución Industrial, contra la que reaccionaron figuras como el británico William Morris, vinculado al movimiento prerrafaelita, que creó el Arts and Crafts (Artes y Oficios) y, debido a su pensamiento alineado con el socialismo utópico —representado por Saint-Simon, Fourier y Owen—, estaba convencido de la necesidad de un cambio social. Para este autor, los productos industriales eran feos, vulgares e impersonales, así que la mejor manera de combatir la alienación provocada por el trabajo capitalista era el regreso al trabajo artesano y a la calidad del diseño.

Tampoco es coincidencia que esta corriente “anti-industrial” surgiera en Gran Bretaña, país donde la industrialización estaba más avanzada. Por otro lado, la arquitectura del siglo XIX se caracterizaba por una constante búsqueda de la inspiración en el pasado, en los diferentes historicismos. En este marco, el neomedieval jugará un papel fundamental como factor de renovación del diseño arquitectónico, de modernización desde la tradición, de forma tal que, con el tiempo, la valoración de este arte pasado originará la creación de las nuevas formas artísticas del modernismo.

El modernismo deja de lado el pasado histórico precedente para iniciar un nuevo camino donde la libertad y la imaginación sacarán al arte de las normas convencionales y donde tendrá relevancia la temática naturalista inspirada en elementos vegetales de tipo orgánico, el uso de motivos estilísticos derivados del arte japonés, los arabescos lineales y cromáticos, una preferencia por las líneas curvas y sus variantes (espiral, voluta, etc.), los colores fríos, transparentes, el alejamiento de la proporción y el equilibrio simétrico, evoluciones en la altura y la anchura con soluciones onduladas y sinuosas, con el propósito constante de comunicar por empatía un sentido de agilidad, elasticidad, ligereza, juventud y optimismo. El empleo de nuevos materiales como el hierro, así como otros en desuso como el ladrillo y los azulejos propiciaron una arquitectura simbólica y embellecida. Además, la funcionalidad, lo útil, se identificó con la ornamentación, lo bello, creando un ambiente que ofrecía una imagen de una sociedad idealizada y optimista.

ARTES APLICADAS

El modernismo unifica arte e industria con el fin de alcanzar la belleza que se aplicó a todos los órdenes de la vida, incluyendo los objetos que forman parte de la vida cotidiana. Es por ello que las artes menores, aplicadas o decorativas ganan protagonismo con este movimiento. Muchos artistas modernistas, especialmente en el caso de los arquitectos, no solo proyectaban edificios, sino que su sólida formación en el terreno de las humanidades propiciaba la concepción de los edificios como un todo integrado, con lo que intervenían en el diseño de la decoración, mobiliario y todo tipo de complementos de uso diario, como cortinajes, rejas, carpintería, joyería, cristalería, etc.

El modernismo organicista en las artes aplicadas se caracterizó por perseguir un ideal estético sensualista. La libertad decorativa se entendía como eclecticismo formal, es decir, una libertad para conjugar los estilos del pasado y reinterpretarlos utilizando la intuición y el buen gusto subjetivo. Sus diseños, inspirados en la naturaleza, representaban lo ornamental y simbólico, animales exóticos ondulantes, como cisnes y pavos reales, figuras femeninas, como ninfas y sirenas, todos ellos con ricos coloridos, y una predominancia de las líneas látigo o serpentinas que se aplicaban a los muebles, que por su gran detalle eran realizados por artesanos excelentemente formados.

Concretamente, en Cataluña, las artes aplicadas toman protagonismo gracias a Domènech i Montaner. El Restaurante El Castell dels Tres Dragons, construido para la Exposición Universal de Barcelona (1888) se convierte más adelante en un taller de artes y oficios con similitud al grupo de Morris en Gran Bretaña. En realidad, ese taller agrupaba a todos los artistas y artesanos cualificados que, bajo la dirección de Domènech, trabajaron en las obras encargadas para la decoración del Seminario Pontificio de Comillas en Madrid, las cuales son consideradas como las impulsoras de las artes aplicadas en la definición de la arquitectura modernista catalana.

Cataluña reúne, en el último tercio del siglo XIX, muchos factores que se dan de forma sincrónica y no escalonada como ocurre en el resto de Europa. Estos factores simultáneos comprenden la transgresión de los historicismos, la adopción del neomedieval para las obras contemporáneas, la aportación de los nuevos materiales, la búsqueda de un estilo moderno y la valoración de las artes aplicadas. Así pues, nos encontramos ante un estilo autóctono y contemporáneo donde prima la vertiente ornamental y es aceptado de buen grado por una burguesía que valora positivamente la representatividad social de la arquitectura situada en un marco urbano privilegiado.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

DIFERENTES TENDENCIAS DEL MODERNISMO

Dentro del movimiento modernista encontramos diferentes tendencias. En el modernismo ondulante propio de Francia, Bélgica y España destacan elementos comunes como el predominio de la línea curva y una exaltación de los valores expresivos. Una de las primeras manifestaciones modernistas vino de la mano del arquitecto belga, Victor Horta (1861-1847), y su obra más emblemática la Casa Tassel (1892) en Bruselas, en la que puede admirarse la escalera de hierro decorada con elementos vegetales del mismo material. Su siguiente obra fue la Casa Solvay, para alcanzar el cenit con su obra maestra la Casa del Pueblo (1895-1899), que albergaba oficinas del sindicato socialista y que fue destruida años después.

Con esta obra arquitectónica, Horta consiguió transmitir al exterior la forma y los volúmenes del interior. Hizo empleo masivo del vidrio y el hierro, sustituyendo los materiales tradicionales e introduciendo dinamismo con las ondulaciones de la fachada. Otro gran arquitecto belga fue Henri van de Velde, que siguió fervientemente las teorías de Morris, aunque, contrariamente, consideraba la máquina como una pieza clave en el arte. En 1896 realizó la Casa Bloemenwerf y también diseñó su mobiliario. El arquitecto más relevante del Art Nouveau francés fue Hector Guimard que construyó en París el Castel Béranger (1897-1898), un complejo de casas de alquiler, y las entradas del metro parisino.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

En España y, particularmente en Cataluña, el modernismo alcanza una mayor fuerza gracias a arquitectos tan conocidos como Lluís Domènech i Montaner, arquitecto barcelonés que, con obras como el restaurante El Castell dels Tres Dragons, realizada con motivo de la Exposición Universal de 1888 en Barcelona, la construcción de la Casa Lleó Morera, el Palau de la Música y el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau,  contribuyó a elevar el Modernismo a su máxima expresión. Josep Maria Puig i Cadafalch, Joan Martorell i Montells y Jujol i Gibert, forman parte del grupo de brillantes arquitectos modernistas catalanes de la época. Gaudí merece una mención aparte por su gran notoriedad y las numerosas obras que realizó con un estilo mucho más personal y creativo, entre las que podemos citar la Casa Vicens, el Parque Güell, la Casa Batlló, la Casa Milà (La Pedrera) y una parte de la Sagrada Familia, entre otras.

El modernismo geométrico o “racionalista” se caracteriza por el predominio de la línea recta y se da en Gran Bretaña y Austria. Charles Rennie Mackintosh fue su mejor representante. Contraviniendo los deseos de su padre estudió arquitectura en la Academia de Arte de Glasgow y ganó un concurso para la realización del nuevo edificio de la escuela de Arte de esa ciudad. La ejecución de la obra se caracterizó por el predominio de la geometría, líneas puras y limpias sin dejar de lado la creatividad. Influido por los castillos y las casas solariegas escocesas realizó una planta rectangular con materiales simples y de volúmenes netos.

En Viena, este movimiento estuvo representado por varios arquitectos como Otto Wagner, que construyó en 1889 la Casa de las Mayólicas y que pensaba que la arquitectura debía romper con la tradición, siendo a la vez racional y funcional. Destacan, también, Joseph Maria Olbrich y el edificio de la Sezession en Viena, espacio de formas limpias y planta cuadrada cubierto por una cúpula dorada hecha de láminas metálicas, y Joseph Hoffman, además de arquitecto, decorador e ilustrador, que demostró gran interés por las formas geométricas y el contraste entre el blanco y el negro. Aparte de colaborar con la obra de Olbrich realizó el Palacio Stocklet de Bruselas en el que empleó elementos tan modernistas como el mármol blanco y las ventanas sin molduras.

 

¿Te ha gustado este post? Puntúalo de una a cinco estrellas en RATE